La experiencia y numerosos estudios han conseguido demostrar que la practica de mindfulness tiene una función protectora. Sabemos, a ciencia cierta, que según crecemos se van asociando a nuestras historias sentimientos somáticos. Con la práctica se ha comprobado que esos dos niveles de conciencia (la somática y la construcción narrativa) se van desacoplando. Esta es una de las razones por las que se afirma que mindfulness suaviza la reactividad, el ansia, el rechazo y nos protege a nosotros mismos y a nuestro entorno, pero esto no sucede por arte de magia.

Meditar no es luchar contra un pensamiento, o eliminarlo, sino aprender a comprenderlo. Algo que me parece fascinante es que el entrenamiento en mindfulness te guía para encontrar el lugar donde «empiezan» los pensamientos. Yo, que me declaro fan de Woody Allen, cuando hablo de lo contraintuitivo que resulta este procedimiento explico que es como si estuvieras caminando todo el día, todos los días, con un personaje de Woody Allen en tu cabeza que emite constantes comentarios cínicos, negativos, ácidos… sobre todo lo que piensas, dices y haces.

Lo que hace el mindfulness es pedirle al personaje que esté calmado, tranquilo y sin juzgar. Le pide que se observe a si mismo desde una perspectiva separada y neutral, lo cual va en contra de su propia naturaleza. ¿Entonces?

Tal como lo vivo yo, la cosa se parece más a una filosofía de vida cuyos pilares son la conexión con el cuerpo y con la respiración, estar presente en la experiencia (en lugar de actuar por inercia y en piloto automático), vivir despegadamente comprendiendo la transitoriedad y la impermanencia de todo cuanto conocemos, fluir con los ritmos propios y naturales, atender las propias necesidades, poner atención en qué sentimos y cómo regulamos nuestras emociones, vivir más ecuánimemente, sin juzgar e interpretar tanto, cuidar la calidad de los vínculos íntimos que establecemos con otras personas, ser conscientes del impacto que generamos en nuestro entorno… y así (volviendo al principio de este post) sucede que la propia práctica suaviza la reactividad, el ansia, el rechazo y nos protege a nosotros mismos y a nuestro entorno,  pq al tratarnos con afecto tratamos con afecto a los demás.

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