En el ámbito del yoga es muy importante el cuidado del cuerpo y la actitud ante la capa física del ser humano. Es una actitud de sereno cuidado hacia uno mismo que implica que la mente obtenga firmeza y ecuanimidad, constancia y equilibrio. Hoy en día, sabemos que el yoga y la meditación estimulan la neuroplasticidad del cerebro, es decir, la capacidad que tienen nuestros cerebros de formar y modificar conexiones neuronales gracias a las experiencias que vivimos y al aprendizaje.

Actos como controlar, modificar y ser conscientes de nuestra respiración, alinear nuestro cuerpo, realizar posturas (asanas) contrayendo unos músculos y relajando otros, dedicar un tiempo a dejar nuestra mente libre de pensamientos, vivir el presente con atención plena… hacen que nuestras conexiones neuronales cambien.

La práctica de yoga te pone al principio en contacto con tus resistencias: «paro porque ya no puedo más». Y nuestro cerebro nos envía señales para que paremos.  Pero cuando logras empezar a integrar cuerpo y mente a través de la respiración, de la consciencia y de la práctica, logras cambiar el mensaje: «todo va bien, puedo seguir». Y cada vez que practiques yoga sentirás como estas conexiones se refuerzan.

Y aquí está la clave de por qué funcionan el yoga y la meditación: y es porque aprendes a gestionar el estrés fisiológico, aprendes a responder de forma diferente ante cualquier situación y compruebas que tu cuerpo evoluciona a la vez que lo hace la mente.

El entrenamiento corporal en asana (postura) ligado a un flujo atencional dirigido hacia el acontecer del presente es un instrumento de enorme poder que permite multiplicar los efectos beneficiosos de los trabajos de fuerza, elasticidad y equilibrio propios de las posturas y las secuencias dinámicas. Pero, además, el Hatha Yoga cuenta con técnicas de gestión energética: pranayama, mudra, dhrishti y bandha, capaces de potenciar los efectos de la práctica postural.

Cuando a la práctica físico-energética se le suma la práctica meditativa, energía y consciencia trazan el camino hacia un bienestar no basado en los efectos transitorios de los logros personales, sino en el desarrollo y potenciación de nuestras cualidades reales, aproximándonos a nuestro ser más genuino, a nuestra naturaleza esencial, todo lo cual florece en forma de inteligencia, creatividad, poder, autonomía, armonía y claridad.

 

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